Hoy 25N merece la pena recordar el hilo de violencia contra las mujeres que recorre la historia del capitalismo y el patriarcado. Porque esa voluntad de someter y controlar a las mujeres, hoy como ayer, responde a intereses económicos, sociales y religiosos muy concretos. Quizá el vínculo más obvio se da en las luchas en defensa de la tierra de nuestras compañeras de América Latina, donde las grandes multinacionales del extractivismo y los cristianos evangélicos persiguen, criminalizan y matan a las resistentes, de forma semejante a como acusaban de brujería a las mujeres campesinas que en la Edad Moderna europea mantenían las tradiciones comunales. Quizá menos visible es la extrema necesidad del capitalismo hacia el rol de cuidadoras las mujeres, nos quieren sirvientas y complacientes y no libres para inventar otro mundo. Nos necesitan obedientes. Nos tendrán rebeldes.
Queremos en este día recordar a las brujas, nuestras ancestras. Es sabido que durante el siglo XVI y XVII en el centro de Europa, y también en España, se produjo una enorme persecución y el asesinato de, como mínimo, entre 50.000 y 100.000 mujeres, en lo que se conoce como la «gran caza de brujas». No se incluyen en este recuento las que fueron linchadas, ni las que se suicidaron o murieron en prisión, por torturas o por las sórdidas condiciones de su encierro. Otras, sin perder la vida, fueron desterradas, o vieron arruinada su reputación o la de sus familias. A partir de la publicación del Malleus Malleficarum (El Martillo de las brujas) publicado por los inquisidores Sprenger y Kramer en 1487, linajes femeninos enteros fueron eliminados. Cualquier mujer que destacara podía ser acusada de brujería: practicar una religión distinta a la oficial, como las mujeres criptojudías; replicar a un vecino o protestar; saber de plantas y usarlas para curar; tener un carácter fuerte o una sexualidad un poco o demasiado libre… bastaba para ponerse en peligro. Tener cuerpo de mujer bastaba para convertirte en sospechosa. Pero además, la mayor parte de las víctimas pertenecían a las clases populares. Hay que destacar que todas las mujeres, incluso las que nunca fueron acusadas, sufrieron los efectos de la caza de brujas. La pública puesta en escena de los suplicios, poderoso instrumento de terror y de disciplina colectiva, las conminaba a mostrarse discretas, dóciles, sumisas, a no molestar. 
El siglo XVI ve nacer los grandes Estados centrales europeos que necesitaban de algún instrumento para hacer valer su jerarquía centralizada. En ese sentido, la labor de predicadores y confesores fue imprescindible para sentar las bases de esta nueva forma de organización política, al llegar a través de los sermones y el confesionario a todos los rincones del Estado y enseñar a acatar el nuevo orden desde el núcleo más pequeño del mismo: la familia. Por otro lado, la revolución económica que se iba imponiendo, la consolidación del capitalismo, conllevaba nuevos valores. Entre ellos, el reforzamiento del papel de la mujer en el ámbito reproductivo, ya que tras la usurpación de tierras comunales a los campesinos, estas quedaron excluidas del salario y por lo tanto dependientes de los hombres para sobrevivir. Su potencial reproductor y la necesidad de su trabajo en las tareas domésticas garantizaban el sostenimiento de la fuerza de trabajo. Así, la familia fuertemente jerarquizada, la castidad femenina como virtud suprema y la rigidez moral como norma de vida, facilitó el control que el poder de los nuevos tiempos deseaba ejercer. Se buscaba que las mujeres fueran confinadas a trabajos reproductivos por lo que también sufrieron la expropiación de sus cuerpos y de sus ancestrales saberes sobre la reproducción y la contracepción. 
Podemos decir que la brujería fue una creación religiosa e intelectual para acabar con mujeres que no se sometían al orden establecido. Podemos afirmar que este crimen masivo de mujeres fue condición indispensable para el triunfo del Estado central, la economía capitalista y el reforzamiento de la explotación colonial.
La creación del estereotipo fue tan potente que aún hoy el término «bruja» es empleado para insultar a mujeres. «Brujas» llaman a nuestras compañeras de América Latina cuando defienden su tierra, sus riquezas naturales y sus comunidades. «Brujas» llama la (ultra)derecha de nuestro país a cualquier mujer que defiende su cuerpo y sus derechos. Aún hoy encontramos la figura de las brujas en cuentos, canciones y películas como malvadas, solas, ancianas y comeniños. 
Hoy, en países como Ghana, República Democrática del Congo o Tanzania, existen campos de refugiadas para mujeres acusadas de brujería y perseguidas por su comunidad que ven sus vidas en peligro. Como explica Federici en su libro «Brujas, caza de brujas y mujeres», “esta situación ha ido de la mano de la globalización, de los ajustes estructurales, con los procesos de privatización de tierras y expulsión de la gente de ellas para su comercialización. Las mujeres han sido expulsadas de las tierras comunales y las tierras se reducen porque las compañías mineras, de agrocombustible, de negocios agrícolas llegan a acuerdos con los jefes locales y los gobiernos. Así que el sistema de tierras comunes, que prevalecía todavía en África, se está destruyendo. Una manera de resistir esto es que muchas comunidades de hombres están expulsando a las mujeres de la tierra. Así que este es el contexto, un contexto de privatización, expropiación y desplazamientos en el que tiene lugar esta caza de brujas. Que es un contexto muy similar al del siglo XVI y XVII.”
Hoy como siempre, como todos los 25N y todos los días, queremos recordar a todas las mujeres perseguidas, criminalizadas, desterradas, torturadas y asesinadas por el capitalismo, el patriarcad y la religión. Obedientes nos quieren. Juntas y rebeldes nos tendrán.